Viernes 29 de agosto de 2014 Entrevista a María Betania Mascheroni

Dejó la danza, estudió Medicina y hoy es una de las profesionales más reconocidas en oncología de la provincia

Cordobesa de nacimiento y misionera por adopción, lleva adelante la dura tarea de pelear contra el cáncer. Bailó hasta los primeros años de la Facultad. Pudo haber sido estrella de los principales ballets de la Argentina, pero la pasión por asistir a los enfermos pudo más. Esta es su historia.

María Betania MascheroniEn casa la llaman Betania, su segundo nombre, y así se presenta. Pudo haber sido una excelente bailarina. De hecho, desde los 3 años y medio hasta los dos primeros años de la Facultad hizo danza clásica. Recuerda a Claudia Pagliari como su segunda mamá. Pero un acontecimiento político internacional hizo que el escenario no fuera lo suyo: cuando se disponía a viajar a Moscú para una beca con el ballet Bolshoi,  se desató una crisis política en Rusia y tuvo que cancelar el viaje, cuando ya tenía todos los papeles, el pasaje de avión y hasta la dirección de donde iba a parar. Desechada la posibilidad del viaje, puso en marcha un plan que siempre estuvo presente, estudiar Medicina. Y ese viaje sí la llevó a destino: hoy es una de las oncólogas más reconocidas de la provincia.

Fluyen los recuerdos en esta cordobesa de nacimiento y misionera por adopción, que vino al mundo el 20 de febrero de 1976, hija de una licenciada en psicomotricidad oriunda del sur cordobés y de un ingeniero misionero original de Corpus.

Lo que sigue es la charla que tuvimos con María Betania Mascheroni.
 

¿Cuál fue el momento en que cambiaste la danza por la Medicina?
Bailé desde los tres años y medio. Mi mamá se iba  trabajar a la UNAM y me dejaba en la academia de Claudia Pagliari, que fue como mi segunda mamá. Pasé todos mis cambios hormonales bailando. La danza me dio la disciplina de comenzar y terminar algo. En los últimos años del secundario, cuando me recibí de profesora, trajeron  una compañía del Teatro Colón para que nos tomara examen a varias chicas de Misiones. Entonces, una profesora que me conocía desde chica, de nombre Ethel Lynch, me ofrece una beca del Ballet Bolshoi de Rusia. Esto hizo que bailara en el Colón durante cinco meses como escala antes de viajar hacia Moscú. Sin embargo, no pude irme a Europa, porque en ese momento hubo  una crisis política en Rusia, cae el gobierno de Boris Yeltsin y la beca se suspende un año. Tenía todo pago, mis pasajes, el sitio donde iba a vivir. Éramos 12 bailarinas de la Argentina, de Posadas iba solo yo.
 

¿Por qué no seguiste haciendo danza en Buenos Aires, por ejemplo?
Ya tenía pensado estudiar Medicina. Entonces les dije a mis padres que si yo no iba a viajar a Rusia no pensaba seguir bailando en el Colón. El año anterior ya me había anotado para estudiar Medicina en la Universidad de Córdoba. Pero para cuando sucedió esto, ya había empezado allí el cursillo de ingreso. Entonces mi papá me sugirió que fuéramos a Corrientes. Llegamos un lunes y ese mismo día arrancaba el cursillo en la UNNE. En 24 horas mis padres consiguieron departamento y empecé.
Seguí con la danza hasta el segundo año de la facultad. Pesaba aún 45 kilos y llegué a bailar en el Teatro Vera. Pero ahí me di cuenta de que lo que estaba estudiando me apasionaba, aunque la actividad física fue mi cable a tierra.
 

¿Cuándo terminaste la carrera y hacia adónde te llevó el destino?
Estudié seis años, nunca me fue mal en ninguna materia. Me recibí el 9 de septiembre de 2000. En enero y febrero del año siguiente me preparé para rendir la residencia en Buenos Aires. La especialidad que elegí fue la de Clínica Médica. Fui con un grupo de compañeras a la Capital Federal. Nos anotamos en el Hospital Militar Doctor Cosme Argerich, de la calle Luis María Campos. Allí hicimos tres cuadras de cola y rendimos un sábado a las 5. Elegí ese lugar porque tenía muy buena Clínica Médica y trabajaba en sociedad con la Universidad de Buenos Aires. Entraban cuatro médicos de esa especialidad. Había 800 aspirantes de todo el país. Yo quedé segunda en la lista, que apareció el viernes siguiente. Eso era el escrito. El resto de mis compañeros no entró y yo pasé al oral. Cuando fui a esta instancia entré. No tenía adónde vivir ni nada. Debía presentarme en marzo de 2001. Las autoridades del hospital me dijeron que podía vivir en el décimo piso del mismo edificio. Ahí mi vida cambió.

Durante varios tramos de la entrevista se la escuchó decir a Betania que “mi vida cambió” siempre que tomaba un desafío, como fue vivir dos años en el décimo piso del Argerich (donde dormía en una cama cucheta, bajo un régimen militar estricto), con guardias día de por medio (“era una vorágine”, repite), devorando todo material que podía de la completísima biblioteca del hospital, donde funcionó el primer servicio de oncología de la Argentina. Recién al tercer año de residencia, la misionera empezó a recorrer las calles de Buenos Aires y no para pasear justamente: la convocaban para guardias de distintas clínicas. La adaptación fue dura, pero Betania la sorteó con aplomo. Incluso la nombraron jefe de residentes en 2004. Por eso se quedó un año más después de la residencia.
 

¿Por qué elegiste la oncología?
Era lo único que me motivaba la lectura. Es una especialidad que tiene un desarrollo en investigación impresionante en los últimos años. Ha cambiado un 50% en una década. Es apasionante. No apunté a lo quirúrgico. Lo mío es más intelectual. Elegí hacer la especialización en Oncología. Pensé primero en el Hospital Militar, por la calidad de los profesionales y la historia. Allí funcionó el primer servicio de la especialidad, de la mano del doctor Estévez, el pionero de la oncología en Argentina. Él estudio en París y escribió un libro a mano donde asentó sus conocimientos. Sin embargo, allí mi vida volvió a cambiar. Mi entonces novio y hoy marido, Sergio, me sugirió que me mudara a Córdoba. Hasta allí llevábamos una relación a distancia, pero cuatro años más, que era lo que duraba la residencia en Oncología, era mucho. Entonces renuncié al Hospital Militar y con una recomendación de allí fui al Hospital Militar de Córdoba.

Si bien en Córdoba tenía muchos familiares y sus hermanos ya estaban estudiando allí, la lejanía con el resto de los suyos que residía en Misiones la obligaron a otra mudanza. “Mi vida volvió a cambiar. Hice un clic y le dije a Sergio: ‘Si nos vamos a casar, es mejor que estemos cerca de los nuestros. Sus padres son misioneros, él es hijo del que fue el pediatra nuestro de toda la vida. Entonces Sergio, que es licenciado, tuvo que renunciar a su trabajo, y yo empezar de nuevo en Posadas”.
Betania repartió currículums y no pasó mucho tiempo hasta que la llamaron desde el sanatorio Nosiglia. Entre 2010 y agosto de 2014, atendió allí a cientos de pacientes. Se levanta a las 5 y no para hasta entrada la noche, en un ritmo vertiginoso.
 

¿Qué siente cuando tiene que decirle a una persona que tiene cáncer?
No siento lástima. Ese es un sentimiento desagradable. Siento misericordia. Es difícil, pero con palabras dulces, despacio y diciendo la verdad, se puede. La mayoría quiere saber la verdad. Lo más delicado es en la gente joven, que tiene chicos, que le toca esto en la mitad de la vida. Esta enfermedad te pone en jaque.
La persona tiene que saber la verdad. Es su derecho, porque tiene que decidir. Y decidir es tener libertad.
 

¿Cómo es enfrentar a la muerte?
Uno lo primero que tiene que priorizar es la calidad de vida en ese tramo final. Uno ya ve cuando un paciente ya no tiene posibilidades de tratamiento, entonces pasa a una etapa que es la de los cuidados paliativos. No se le dice más que es paciente terminal. Ese concepto ya no existe. En ese momento es cuando el paciente más te necesita. ¿Por qué? Porque es la situación más crítica de tu vida. Es durísimo. La gente en ese momento pide no sufrir, no sentir dolor, estar cerca de sus seres queridos. Hay que respetar esas voluntades anticipadas.
 

¿Qué es el cáncer para vos?
Lo veo como una gran prueba en la vida, para la que nunca nadie va a estar preparado, que te sacude, porque hace que una persona cambie totalmente desde el día en que le dan el diagnóstico. ¿Por qué? Porque tenés miedo a morir. El cáncer impacta en los tres planos: el físico, el psíquico y el espiritual.

A partir del 1 de septiembre dejará su consultorio en el Nosiglia para pasar a atender en un emprendimiento que pondrá en marcha con otros colegas, especialistas que también luchan contra el cáncer. Funcionará en el tercer piso de la clínica Cáceres Zorrilla, sobre la calle Bolívar. Se llamará Centro de Especialidades Médicas Integradas Misiones y la idea es poner a disposición del paciente oncológico una atención integral. La vida de Betania volverá a cambiar en breve. La Medicina le depara un nuevo desafío.