Kity Soto descubrió a través de la pintura un talento que le permite expresar sus emociones y la belleza de Misiones
La vida de María del Carmen "Kity" Soto transcurría entre el cuidado de su casa, la dedicación a su jardín, el yoga y las actividades deportivas. Durante años, su rutina estuvo marcada por el movimiento de un hogar lleno, pero hace aproximadamente una década, las cosas cambiaron drásticamente: sus tres hijos varones se casaron y dejaron el nido. De repente, Kity se encontró sola con su esposo Lalo en una casa que se sentía demasiado silenciosa. Fue en ese momento de transición, buscando una forma de encauzar su tiempo libre cuando el arte golpeó a su puerta.
El nacimiento de una artista sin saberlo
A sus 67 años actuales, Kity recuerda con claridad cómo empezó todo. Una conocida la invitó a presenciar un taller de pintura particular. Lo que comenzó como una simple curiosidad para pasar el rato pronto reveló un talento oculto. Sus primeros pasos en el arte fueron modestos: comenzó utilizando pintura acrílica sobre piezas de yeso. Sin embargo, el verdadero punto de inflexión llegó cuando su profesora le propuso dar el salto al lienzo y a una técnica más compleja: el óleo.
La reacción inicial de Kity estuvo cargada de una simpatía e incredulidad: no creía que fuera posible. Pero aceptó el desafío, probó el óleo y la conexión fue inmediata; desde ese momento, nunca más dejó la técnica.
El taller: Un refugio de inspiración y amistad
Durante unos ocho años, Kity asistió con constancia al taller de su profesora, Nidia Sujoparoff. Más que una escuela académica, aquel espacio —que funcionaba en la casa de la profesora cerca del club Capri— se convirtió en un santuario personal. Era el lugar ideal para "desestresarse", compartir charlas con sus compañeras y encontrar el ambiente adecuado para desarrollar su talento.
Para ella, el proceso de pintar requiere de una paz absoluta. En su taller o en su espacio propio, pintar significa desplegar sus materiales y sumergirse en una concentración sin interrupciones. Su ritmo creativo es pausado, libre de presiones externas: un solo cuadro puede llevarle un mes de trabajo, avanzando únicamente cuando se siente inspirada y con tiempo disponible.
El éxito de su producción fue tal que hace un año decidió dejar de asistir al taller por una razón singular: su casa quedó tan llena de cuadros que ya no sabe dónde más guardarlos.
Plasmar la naturaleza de Misiones
El motor que impulsa las pinturas es su profunda admiración y amor por la naturaleza. Como misionera que disfruta pasear y viajar, sostiene con orgullo que "Misiones es la mejor". Para ella, la pintura se transformó en la única herramienta capaz de traducir una sensibilidad que las palabras no alcanzan a explicar: "Siempre digo que mis ojos lo que ven, no puedo expresar a la otra persona... lo que yo veo y lo que yo siento no lo puedo expresar".
A través de sus pinceles, Kity plasma esa belleza inatrapable mediante representaciones minuciosas del follaje, los animales y, de manera muy especial, las casitas antiguas de campaña. Sus obras tienen un fuerte componente emotivo y familiar; sus nietos atesoran cuadros suyos que retratan estas temáticas.
La sensibilidad de su arte ha cruzado incluso las fronteras provinciales. Aunque el óleo es un material costoso y difícil de vender a su valor real en comparación con el acrílico, ella ha concretado ventas notables. Su esposo tiene primas en Brasil que querían conservar un recuerdo de la antigua chacra de su difunto padre antes de que fuera vendida. A partir de unas fotos que le enviaron, Kity obró la magia de la nostalgia: recreó con precisión en sus lienzos la vieja casa de campo, los corrales y los tractores, transformando la pintura en un puente eterno hacia los recuerdos familiares.
Hoy, la obra de María del Carmen "Kity" Soto sigue siendo el reflejo de una mujer que encontró en los pinceles una forma de mirar el mundo, demostrando que nunca es tarde para descubrir un talento capaz de capturar la identidad de toda una provincia.