Martes, 8 de septiembre de 2009
Tobuna 2009: la noche en que el tornado borró todo en el norte de Misiones
Cerca de las 20:30 del lunes 7 de septiembre de 2009, una franja de furia ciega cruzó el norte misionero. Con ráfagas que superaron los 300 km/h, un tornado devastador destruyó a su paso viviendas, escuelas y hectáreas de monte nativo, dejando a parajes como Colonia Santa Rosa y Tobuna en la zona cero de una catástrofe desgarradora.
En el lugar de los hechos, el escenario es de destrucción absoluta, pero también de una intensa movilización humana por rescatar lo que queda y sostener a quienes lo perdieron todo.
El instante en que se congeló el tiempo
En medio de las maderas astilladas y la arquitectura rural reducida a escombros, un detalle sintetiza el zarpazo del fenómeno: un reloj de pared tirado entre los tirantes colapsados congeló sus agujas exactamente a las 8:30. A esa hora precisa, la tormenta tocó tierra y quebró la rutina de los colonos.
Entre los matorrales y las copas de los árboles aún cuelgan láminas de chapa retorcidas a metros de altura, mientras los postes de luz quebrados marcan la huella violenta del paso del viento.
Barro, desolación y la fuerza de los vecinos
La lluvia incesante convirtió la tierra roja en un barrial casi inexpugnable. Entre los vestigios de lo que fueron sus hogares, los pobladores caminan descalzos intentando rescatar lo mínimo de entre los escombros. Niños cargando pequeños bultos con ropa y vecinos improvisando refugios con plásticos negros retratan el impacto inmediato en la vida cotidiana.
A la par de la pérdida, la vida rural intenta abrirse paso: los colonos resguardan el poco ganado golpeado por la tormenta mientras comparten alimentos y refugio en medio de la desolación.
La asistencia de emergencia y el dolor de la comunidad
Con los accesos terrestres bloqueados por árboles caídos y tendidos eléctricos, la logística de auxilio llegó por aire y a pie. Helicópteros sanitarios aterrizan en los vacíos dejados por la tormenta, mientras brigadistas de Gendarmería y la Policía de Misiones trasladan heridos a los hospitales de San Pedro y Eldorado.
En las escuelas transformadas en centros de acopio y en capillas improvisadas, el pueblo se organiza entre ollas comunitarias y momentos de profundo recogimiento para velar a sus víctimas, dando inicio a un doloroso proceso de reconstrucción.